PARTE I
Mi odisea comenzó en el preciso
instante en que abr¡ los ojos. No puedo
decir que lo peor fuera la sensación de ver mi nuevo cuerpo; fue precisa-
mente la ausencia de sensación. Estaba tendido en una camilla y sentia
el calor de la vida recorriendo mis miembros, pero de una forma elctrica,
no sosegada y constante como es normal entre los humanos. Una mera mirada
a mi cuerpo me bastó para comprender que muchas cosas habian pasado
desde
la ultima vez que perdi la conciencia.
Asqueado, furioso y asustado a un tiempo, arremeti contra el servorobot
que me inducia a someterme. Sentir la nueva potencia de mis ferreos brazos
impactando en la superficie metalica del robot descargó todo mi coraje,
y tan solo comence a relajarme cuando el maldito carcelero salió
despedido contra la barrera energetica de la puerta.
A continuación, mi nueva mente analitica me proporcionó la idea
de tomar
del suelo un trozo de carne y un diario que consult vido de información.
Esto fue mucho m s doloroso de lo que hab¡a pensado porque no pude
recordar si dicha información la hab¡a escrito yo. Pero el ansia
de
libertad me dominaba y consegu¡ atravesar la celda aprovechando el corto
espacio de tiempo en el que la barrera parpadeaba.
Me encontraba as¡ en una sala desde la que se acced¡a a cuatro
celdas
idnticas. Dos de ellas parec¡an inaccesibles y la otra, cuya barrera
estaba tambin estropeada, se encontraba ocupada por una extra¤a
criatura de color azul que hab¡a perdido un brazo al intentar escapar.
Entr en la celda y, ante la negativa de la criatura a atender a
razones, cog¡ todos los objetos a mi alcance (otro diario electrónico,
una fotograf¡a y un tenedor) y volv¡ a salir lo m s r pidamente
posible
sin hacerle el menor da¤o, pues demasiado bien hab¡a comprendido
que
tanto l como yo ramos sólo v¡ctimas en semejante
lugar.
En la foto aparec¡a una hermosa joven, y el diario explicaba que el
ocupante de la celda era un tal Caynan y hab¡a representado un puesto
importante all¡ donde quisiera que nos encontr ramos hasta haber sido
sorprendido intentando ayudar a un prisionero a escapar. Tambin l
hab¡a sido sometido a una operación como castigo.
Con el nimo de averiguar m s cosas, intent salir del n£cleo de
celdas,
pero al forzar la puerta deb¡ sobrecargar alg£n circuito y resultó
in£til intentar seguir usando la fuerza bruta. Con ayuda del tenedor,
abr¡ un peque¤o panel cercano a la puerta y desabilit el
sistema de
seguridad de la puerta uniendo los dos puntos luminosos por un haz
de color blanco, lo que se consegu¡a desplazando los cuadros rojos
hacia arriba y abajo.
La siguiente estancia parec¡a una sala de guardia abandonada, as¡
que
me dispuse a echar un vistazo a las muchas terminales de ordenador que
all¡ se dispon¡an para recabar información. Las terminales
de la pared
del fondo controlaban las c maras de vigilancia de las celdas, pero
tambin la frecuencia de las barreras de sus puertas, de manera que
desactiv la de la celda 4 y luego utilic el terminal de mantenimiento
para reparar todos los sistemas averiados. Al presentarme en la celda 4,
consegu¡ una flauta y un nuevo diario electrónico que pertenec¡a
a un
tal Martic Dane. All¡ se hablaba de los Mondites, de un tal Dr. Mastaba
y mucha otra información interesante.
El plan estaba presto : recog¡ el brazo del desafortunado Caynan, regres
a la sala de guardia y coloqu el brazo cerca del sistema de reconocimiento
de huellas que controlaba la apertura de la puerta. Desde el terminal que
controlaba el movimiento del servo-robot de la celda 4 activ el modo
manual y lo dirig¡ de tal forma que cogiera el brazo de Caynan y lo
colocara sobre el lector de reconocimiento de dactilares. Luego introduje
el código de acceso de Caynan que me hab¡an proporcionado los
diarios
(67879) para conseguir el permiso de acceso. Volviendo luego a manipular
el robot para que dejara el brazo en el suelo, lo recog¡ y lo coloqu
sobre el lector para abrir la puerta de la sala.
El camino estaba expdito.
PARTE II
Me encontraba en un pasillo en el
que pronto observ la presencia de un gran
ascensor. Lamentablemente, acto seguido fui sorprendido por una unidad
robotizada de vigilancia que, todav¡a en funcionamiento, no dudó
en
dirigir sus proyectiles hacia m¡. Todav¡a pude correr, esquivar
sus disparos
y alcanzar una sala situada en el extremo opuesto.
Dicha sala parec¡a ser una sala de hibernación en la que destacaban
cuatro
grandes c maras, una de las cuales se encontraba abierta por alguna razón.
Puls un botón rojo para abrir una compuerta circular e hice girar
una
rueda para liberar durante unos segundos una gran cantidad de agua procedente
del reactor. Tan imprudente acción tuvo sus inmediatas y funestas consecuencias:
la prdida de l¡quido debió desastibilizar las funciones
de la c mara y,
pronto, un ordenador declaró el estado de emergencia.
Estaba utilizando el terminal para conocer datos sobre los ocupantes de las
c maras cuando la puerta de una de ellas saltó por los aires dejando
libre
al ser hibernado, un gigantesco animal salido del infierno mental de alg£n
genetista enloquecido. Respondiendo su brutal embestida, luch con l
hasta
dejarle muy atontado y, cuando comenzó a vagar desorientado por la
sala,
abr¡ r pidamente la compuerta y consegu¡ que cayera al vac¡o.
Estuve atento a los ruidos que ven¡an del abismo y comprend¡ que
el animal
deb¡a estar luchando con alguna otra criatura. R pidamente, abr¡
de nuevo
la rueda y el agua del reactor cayó implacable por el agujero, congelando
a mi viejo conocido y su enfurecido amigo. Cuando descend¡ por las
escaleras encontr a las dos criaturas paralizadas durante su pelea,
inofensivos pese a su fiero aspecto. Recorr¡ entonces una estrecha
plataforma, atraves el agujero de mi derecha y llegu al interior
de la celda 2 donde, despus de luchar contra un guardi n, me hice con
un
arma.
Regres a la sala de hibernación y, desde all¡, al pasillo
principal,
donde me dirig¡ r pidamente al ascensor y consegu¡ entrar en la
cabina.
Fue entonces cuando, desde una esquina del ascensor y aprovechando la
protección que me daban sus paredes, dispar repetidamente contra
el
gigantesco hasta destruirlo.
Consegu¡ as¡ acceder al primer piso de la base, donde destru¡
con el
arma todos los peque¤os robots guardianes y camin hasta el otro
extremo de la sala. Un guardi n desarmado llamado Roland quedó
horrorizado al verme y bastó con que le golpeara una sola vez para
que
accediera a conectar el potente ca¤ón situado a su lado. Lo
que sucedió
entonces fue demasiado r pido como para recordarlo con detalle, pero
b sicamente vi venir dos naves Mondites que pretend¡an aterrizar en
la
base y utilic el ca¤ón para abatirles.
Regres entonces al ascensor para dirigirme al cuarto piso donde
destru¡ a otra unidad de vigilancia robotizada y, finalmente, me
dirig¡ al tercer piso donde, tal como hab¡a hecho la primera vez,
me
escond¡ en una esquina de la cabina para poder abatir tranquilamente
al nuevo robot guardi n. Luego recorr¡ la distancia que me separaba
de la puerta de la izquierda para llegar a una situación que bien pudo
haber sido mi total y definitiva perdición.
PARTE III
Me encontraba en lo que parec¡a
ser una especie de quirófano. No tard
en perder el control de mi cuerpo al presentarse ante mi el propio Dr.
Mastaba, quien logró semejante prodigio manipulando un controlador
electrónico que llevaba en la mano. Explicó que hab¡a
demostrado ser el
sujeto idóneo para sus experimentos en la b£squeda de una criatura
perfecta que combinara lo mejor de la inteligencia humana con la
potencia de un androide y que Dane, el antiguo ocupante de la celda cuatro
y colocado ahora en el centro del quirófano iba a convertirse en una
criatura idntica a m¡.
Pero Dane gritó que jam s permitir¡a semejante atrocidad, liberó
uno de
sus brazos ya robotizados, se apoderó del controlador y lo destruyó.
Despus de un instante de confusión perd¡ el conocimiento.
Al despertar me encontraba en el mismo lugar, pero Mastaba hab¡a
desaparecido. Dane me rogó que acabara con su vida para impedir que
le
convirtieran en un monstruo y al quitarle la bater¡a implantada en su
cuerpo puse fin a sus sufrimientos. Intercambi mi bater¡a gastada
con
la de Dane, recog¡ un equipo mdico que hab¡a sobre el suelo
e
investigu en los terminales para conocer datos sobre las actividades
de Mastaba, pero parte de la información sobre los sujetos que hab¡an
intervenido en el proyecto era inaccesible y no pude averiguar casi
nada.
As¡ pues, abandon el quirófano y, despus de abrir
la puerta del
pasillo llegu a la sala de control de la base. Destru¡ un guardi
n
que me acusaba de ser el causante del fallo del reactor y le¡ su diario
para averiguar datos sobre cierta clave de acceso.
Al entrar en una cabina, me coloqu autom ticamente un traje especial
y
utilic los terminales de un prototipo de caza de combate llamado
proyecto Icarus, para acceder al hangar donde se custodiaba el caza.
Elimin el soldado que lo vigilaba, recog¡ tanto un inter-comunicador
como un curioso cubo de color blanco, lleno de filigranas, y descubr¡
que la bater¡a de la aeronave estaba casi descargada. Al parecer,
como averigu consultando los distintos terminales, en la base hab¡an
tenido problemas para encontrar una nueva bater¡a o recargar la
existente, de manera que tendr¡a que sacar el ingenio a trabajar si
quer¡a recargarla y abandonar as¡ la base.
Por lo pronto, cog¡ la bater¡a del Icarus, la introduje en mi
cuerpo
y dej la bater¡a vieja al lado de la aeronave.
Estaba regresando a la sala de control cuando alguien habló a travs
del inter-comunicador. Una mujer llamada Dra. Escher hab¡a sido
atacada por Mastaba y abandonada a su suerte en lo que parec¡a ser
el interior de unas excavaciones arqueológicas realizadas junto a la
base.
Utilic todos los terminales para aprender m s sobre la situación
de la
base y, en uno concreto, encontr los mandos que manipulaban un vetusto
pero funcional robot de carga. Lo activ y lo hice rodar por el pasillo
hasta la puerta de acceso al generador. All¡ lo empuj violentamente
contra el robot que vigilaba la zona y ambos se perdieron en los
abismos de tan gigantesca sala. En otro terminal, encontr los pasos
que deb¡a dar para silenciar el generador en caso de alerta y daba su
código de acceso para operar.
Con estos £ltimos datos, y creyendo que el acceso era seguro, me
introduje en la sala del reactor y activ el panel de la plataforma para
poner en marcha el puente que llevaba a la consola de control del
mismo. Estaba ya alcanzando dicha sección cuando apareció en
escena
una suerte de alien en manifiesta actitud hostil. Como no hab¡a tiempo
que perder en un combate de cuya victoria no estaba en absoluto seguro,
utilic la artima¤a de hacer que el alien¡gena me siguiera
a travs
del puente y desconectarlo cuando ste a£n no hab¡a alcanzado
la
plataforma.
De vuelta a la consola de control, desactiv las dos cargas laterales
e introduje el código que hab¡a aprendido en los terminales de
la otra
sala para impedir que la situación colapsara. El reactor segu¡a
inestable
pero al menos los temblores hab¡an cesado.
PARTE IV
Deb¡a dirigirme a las excavaciones
para intentar encontrar a la doctora
Escher, as¡ que tom el ascensor hasta el tercer piso y consegu¡
abrir
la puerta que conduc¡a al exterior iluminando todos los cuadros del
panel, menos el del centro.
Tom un peque¤o ascensor, recorr¡ sin detenerme un largo
pasillo
protegido por robots, cruc un tunel y me dej caer sobre unos enormes
cubos de color oscuro colocados sobre el lago de cido. Pas de un cubo
a otro hasta que no fue posible seguir avanzando y en ese momento
utilic el cubo blanco que hab¡a encontrado en el hangar para volar
sobre el cido hasta el próximo cubo oscuro. De esa manera, consegu¡
llegar de nuevo a tierra firme y alcanc lo que parec¡an ser los
restos
de una de las naves que hab¡a abatido con el ca¤ón de
la torre.
Entr en los restos de la nave, recog¡ un nuevo equipo mdico
y
repentinamente fui atacado por el capit n de la nave. Sab¡a que yo era
el culpable de haber masacrado a su tripulación y comenzó a
atacarme
furiosamente hasta que consegu¡ terminar con su vida. A raiz de eso
consegu¡ una llave electrónica y una potente arma Tonfa que no
dud en
tomar a cambio del viejo modelo Blaster.
La llave electrónica abr¡a la puerta que conduc¡a a la
sala de misiles,
en donde el ordenador encargado de las operaciones de disparo a£n segu¡a
funcionando. A travs del monitor de ste pude ver que el lago estaba
habitado por un monstruo gigantesco, de manera que dispar uno de los
misiles y la explosión resultante atrajo su atención lejos de
la nave.
Cuando la colosal criatura estaba examinando el lugar del impacto,
lanc un segundo misil que le acertó de pleno, desmoron ndose
entre los
altivos pilares.
Sal¡ de los restos de la nave y encontr una bomba a punto de explotar
en el interior de su cilindro protector, as¡ que dej el arma en
el
suelo y me apoder de la bomba, cruc el lago utilizando el cubo
blanco
donde era apropiado y pasando por encima del cad ver del monstruo hasta
alcanzar la plataforma que bordeaba el peligroso lago. Sin perder un
momento, entr en un t£nel, dej la bomba junto a la compuerta
y sal¡
de nuevo al exterior para evitar ser alcanzado por la explosión.
Mi intención era seguir por el t£nel, pero antes regres
a los restos de
la nave con el fin de recuperar mi nueva arma. Luego, siguiendo al fin
dicho t£nel, encontr el interior de las excavaciones. En una esquina
yac¡a muribunda una mujer humana, acosada por un peque¤o alien¡gena
alado
al que no dud en destruir usando una sabia combinación de certeros
disparos y contundentes golpes. La mujer, al fin, se presentó como
la
Dra. Escher y me contó algunas cosas de importancia amn de proporcionarme
un equipo traductor digital y el consejo de que lo usara en un lugar que
ella llamaba el templo alien¡gena.
En la siguiente estancia fui repentinamente atacado por el monstruo que
cre¡a haber atacado en la sala del reactor, pero le golpe varias
veces
y consegu¡ hacerlo huir. Finalmente, abr¡ la puerta de lo que
parec¡a
ser un sarcófago que conservaba los restos de un alien¡gena y
desactiv
el sistema de acceso, consiguiendo que el diamante inferior contuviera
la misma combinación de colores que el superior. Esto me permitió
obtener
un extra¤o talism n de cuidado dise¤o.
De regreso a la sala donde yac¡a la doctora Escher, vi al monstruo
introducirse por un conducto de la pared, as¡ que utilic el talism
n
junto al tubo y consegu¡ activarlo e introducirme por l.
Hab¡a llegado a una sala con cuatro tubos y un pilar en el centro que
permit¡a el acceso a una especie de teclado alien¡gena. Utilizando
los
s¡mbolos 4-5-8 (numer ndolos de izquierda a derecha y de arriba a
abajo) consegu¡ activar otro de los tubos y llegar a un extra¤o
lugar sin
gravedad, donde dispar en el momento adecuado mi arma para conseguir
un
efecto de retroceso que me ayudó a entrar por el agujero opuesto.
PARTE V
Hab¡a llegado as¡ a
una sala con el suelo de cristal, desde la cual se
contemplaba la hermosa ciudad de los Phyxx. Pero de repente, el monstruo
de la sala del reactor apareció por tercera vez revestido por una extra¤a
armadura reflectante. Teniendo cuidado con los paneles fijos del suelo,
me lanc a un nuevo combate cuerpo a cuerpo contra el monstruo y, esta
vez, despus de hacerle caer un elevado n£mero de veces, consegu¡
eliminarle
f cilmente. Cog¡ el objeto que le proporcionaba la armadura, un cubo
reflectivo, y lo utilic para atravesar la barrera invisible colocada
en
la puerta.
Me encontraba en una nueva sala con un terminal de ordenador que me
permitió restablecer el suministro de energ¡a resolviendo una
curiosa
prueba: deb¡a rellenar de color los hex gonos oscuros eligiendo una
de
las seis direcciones posibles, pero deb¡a tener en cuenta que los iconos
funcionaban una vez en la dirección que indicaban y otra vez en la
dirección opuesta.
Resuelta la prueba, recib¡ la inesperada visita de Gen, el patriarca
de
los Phyxx y l¡der de los escasos habitantes de la ciudad. Gen me expresó
con claridad cual era la situación del reactor y del asteroide donde
se
asentaba la base y supe que deb¡a limpiar cierto canal de salida de
asteroides si pretend¡a usarlo para sacar a Icarus por all¡. El
amable
Gen tambin me entregó una bater¡a de gran potencia que
introduje en mi
cuerpo y me permitió cargar el arma con el que Mastaba hab¡a
provisto a
mi estructura ciberntica.
Regres a la sala de los cuatro tubos, utilic la secuencia 3-4
del
pilar central y entr por el nuevo tubo para llegar al anillo de
gravedad. Con ayuda de las flechas colocadas sobre el suelo consegu¡
girar los anillos partiendo del m s exterior para hacer coincidir las
lineas azules en la parte inferior. El centro del anillo se abrió y
todas las rocas salieron despedidas.
Volv¡ a la sala central y utilic la combinación 3-4-8 para
activar el
£ltimo tubo que quedaba, pero no consegu¡ entrar por l.
As¡ que activ
un monitor colocado a su derecha y descubr¡ que dos marines hab¡an
entrado en el tiempo alien. Utilic uno de los interruptores para elevar
la esfera del agujero central y, cuando uno de los marines intentaba
descubrir lo que ocurr¡a, la hice bajar de nuevo provoc ndole una
horrible muerte. Elev de nuevo la esfera, pero inesperadamente el
otro marine lanzó una granada por el agujero de los anillos que llegó
hasta la sala en la que yo me encontraba. R pidamente, corr¡ hacia la
granada y, tom ndola en mi mano, la lanc de vuelta por el tubo hasta
que explotó arrebat ndole la vida al marine.
De vuelta al lugar donde encontrara a la doctora Escher, descubr¡ que
ya no se encontraba ya en ese lugar. Todo induc¡a a pensar que los
Mondites se la hab¡an llevado y hab¡an sellado la entrada para
impedirme
escapar. Pero mi mente ciberntica no estaba exenta de recursos y,
destruyendo un robot enemigo y tomando un diario del suelo descubr¡
una
clave de acceso; luego me ba¤ con la armadura arrebatada al alien¡gena
reincidente y utilic el tubo situado junto al monitor para abandonar
la ciudad.
Mi siguiente tarea, por tanto,
PARTE VI
Una vez en el templo, utilic
el traductor que me entregara la doctora
Escher para descifrar los textos escritos en las tres paredes del templo
y regres a la plataforma que rodeaba el lago de cido.
Dos marines intentaron sin xito detenerme y alcanc el largo pasillo
de acceso justo en el momento en el que Mastaba abandonaba el satlite
a bordo de una enorme nave y amenazaba con utilizar a la doctora Escher
para continuar con sus siniestros experimentos. Esquiv los disparos
realizados desde la nave y alcanc el ascensor, pero no pude evitar
que Mastaba huyera.
Deb¡a alcanzar cuanto antes el centro de control, as¡ que elimin
un
nuevo enemigo, recog¡ su diario para averiguar la nueva programación
de la puerta de entrada a la base y consegu¡ desactivar dicha puerta
iluminando los tres cuadros superiores y los tres inferiores del panel.
Cog¡ el ascensor hasta el tercer piso, destru¡ al £ltimo
guardi n,
entr en el quirófano y utilic el código 36528 en
el terminal para
acceder a los datos reservados y conocer el nombre y aspecto f¡sico
del ser humano que hab¡a sido yo antes de la operación. Mastaba
hab¡a
huido, pero mi libertad estaba muy próxima. Baj al hangar del
Icarus,
intercambi la bater¡a que me hab¡a dejado all¡ en
mi anterior visita
y coloqu la bater¡a alien¡gena en la aeronave. Cuando despegó,
ocurrió algo que me llenó de esperanza respecto a mi incipiente
vida
como androide, pero sa es otra historia y quiz deba ser contada
en otra ocasión...